Este jueves relato – una noche en el museo

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Las enormes salas de aquel museo quedaron en silencio, quedaba poco tiempo para su cierre y ya no se oía el murmullo de la gente, por lo que Alex decidió sentarse en un banco y disfrutar de aquel momento de absoluta paz y  tranquilidad, rodeado de aquellas fabulosas pinturas. La verdad que fue un acierto dedicar su última tarde en Oslo en visitar aquella pinacoteca de arte expresionista, pensó recostado en el banco y respirando profundamente.

De pronto escuchó un grito horrible  que le hizo estremecerse, se incorporó y se dirigió hacia la estancia de donde procedía aquel lamento, avanzó por varios pasillos que terminaban en una pequeña sala  pero no vio a nadie, solo había cuadros a su alrededor.  Uno de ellos representaba a una figura, como la de un hombre,  gritando con una expresión desesperada. Aquella imagen del cuadro le produjo cierta inquietud, por lo que se sentó en un pequeño banco dándole las espaldas, no deseaba  ver la tremenda angustia y desesperación que desprendía aquella pintura.

Entonces tuvo la sensación de que alguien respiraba allí cerca, se sentó rígido, sin hacer movimiento alguno, alguien había detrás de él, sentía una extraña presencia, por el rabillo del ojo alcanzó a ver el hombre que gritaba en el cuadro y solo por una fracción de segundo, creyó percibir una mirada humana y después un leve movimiento de alguien que se arrastraba.

Al día siguiente cuando abrieron el museo, Alex permanecía en su asiento, muy inclinado hacia atrás, aunque parecía dormido estaba frío y muerto.

El  cuadro del hombre gritando desesperado continuaba allí, de él no brotaba ningún sonido, era incapaz de gritar, porque solo era una figura pintada e inmóvil  en aquella pared.

 

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Este Jueves – Historia inacabada

No encontraba la última palabra de la historia. La  había perdido o quizá estaba oculta entre las frases y  otras palabras escritas en aquel montón de hojas desordenadas sobre la mesa.

No recordaba su nombre, no era más importante que las demás, ni siquiera tenía un sonido musical, como sonámbulo, etéreo, o efímero, tampoco poseía  la belleza de la  soledad, el olvido, la aurora o el amor, pero sin ella  no podía terminar su historia. Pensó que era como si a su vida le faltara, de pronto, la infancia, la juventud o tal vez algunos  años sueltos y se hubiese convertido en una vida incompleta. O como si  su cuerpo acabara de sufrir la amputación de un órgano quedando mutilado, aunque esa mutilación fuera invisible para los demás.

Buscó la palabra perdida dentro de su historia, pero entonces tuvo la incertidumbre de que se hubiera escondido en algún lugar de la casa. Desordenó los cajones, los armarios, miró detrás de los cuadros, por todos los rincones de cada habitación.

No encontraba la palabra desaparecida, y comenzó a olvidar  las otras palabras,  su vocabulario se fue reduciendo y en mitad de la noche ya no recordaba  cómo se hablaba.

Abatido gritó a los fantasmas que habitan en la oscuridad y les pidió que leyeran con él la historia de aquel libro, pero no podían llegar hasta el final porque faltaba la última palabra.

En los días siguientes tuvo que  recordar  el sonido de cada  palabra, era como aprender de nuevo  a caminar, el libro quedó abandonado en la esquina de una estantería de la casa, pero ya no pretendía terminarlo, porque tenía la certeza de que el día que lo hiciera, sería el último día de su vida.

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