Me queda la primavera – Microrrelato juevero

primavera

Me aburren los días que no sale el sol y el mundo parece que no existe, las tardes en mi habitación cuando quiero escribir algo y no se me ocurre nada, las horas del reloj que se detienen en el centro de la noche.
Me inquieta el niño que juega a la guerra y la niña que sueña con princesas y el hombre que nunca llora.
Detesto al que condena sin moverse de la silla, al que dispara discursos desde una mesa repleta, al que comercia con inocencias pequeñas , a los que llenan de pánico las noticias de la radio, al que protesta desde una casa elegante.
Me decepciona la gente que habla demasiado y no me dice nada, la que no entiende una mirada, la que nunca perdona, la que no te escucha cuando callas, la que solo mira los espejos.
Me cansan las películas de Van Damme, me duermo con los libros de autoayuda, me despiertan los sueños que se vuelven pesadillas.
Prefiero el olor de esta primavera que se asoma tímida a la ventana, con su corazón de árbol y su luz cálida cubriéndome de vida.
En esta primavera te llenaré de flores y en lugar de mirarte te besaré.

        Más relatos de primaveras en el blog de Lucía – Sintiendo en la piel



Este jueves un relato – El cuarto oscuro

Estaba muy oscuro y hacía frío. No sabía cómo  había llegado hasta allí, solo recordaba haber estado deambulando por calles que nunca había visto y que alguien le empujó hacia dentro de aquel local. Después de pasar una primera puerta  franqueó unas grandes y pesadas cortinas de color rojo  que daban paso a  una segunda puerta que parecía cerrada. Sin embargo, la abrió sin dificultad y después de traspasar otra cortina, ésta  de color negro, se topó con la oscuridad más absoluta.

En el interior de aquel cuarto oscuro oía leves ruidos a su alrededor, como ligeros roces de ropa, algunos jadeos, suaves crujidos de huesos  y  respiraciones  cercanas.

Luego comenzó el frío, un frío intenso que le recordó a los días helados de su infancia, un frío que le hizo encogerse  cruzando los brazos. Era el mismo frío de la calle que le había seguido hasta aquella habitación que parecía irreal.

Un débil haz de luz se dibujó sobre la pared del fondo, como si alguien  hubiese encendido un proyector, aunque el habitáculo permanecía oscuro, como un barco a la deriva en la inmensidad de un mar tenebroso, solo el círculo irregular en la pared donde se proyectaba la luz se salvaba de aquella negrura.

En el pequeño espacio iluminado aparecieron fragmentos  de su pasado, rostros que no deseaba volver a ver y que  se convertían en otros rostros desconocidos en una metamorfosis de imágenes que le producían una extraña inquietud. Sobre la pared apareció una vida que no deseaba recordar, por lo que desvió la mirada  hacia la oscuridad y una tristeza de la que ya no se acordaba le fue invadiendo, como el frío que ya era una parte más de su cuerpo.

Tenía que huir de aquel lugar donde estaba su pasado, comenzó a dar tumbos, como un borracho vagando de noche, buscó a tientas la cortina y las puertas de salida, pero no encontraba nada, alargó los brazos para tocar  a alguien, deseaba palpar aquellos jadeos y aquellos murmullos de su alrededor, abrazarse a alguna presencia humana,  pero   sus manos vagaban errantes en las tinieblas y a su alrededor parecía que no había nadie.

Le aterrorizó la idea de estar solo en el  cuarto  y que los sonidos que le asediaban,   solo fueran ruidos etéreos producidos por aquella terrible oscuridad.

Dio varias vueltas por el cuarto acabando siempre delante del  círculo de luz y de aquellas apariciones umbrías del pasado.

El tiempo se había parado en aquella oscuridad de la que no podía escapar. Extenuado de buscar sin éxito la salida, se dejó caer doblado por la mitad y descubrió por primera vez que el cuarto tenía suelo, un suelo donde podría descansar  lejos de la luz que le atormentaba.

Se acurrucó para combatir el frío y se dispuso a dormir, con la esperanza de que el sueño lo salvaría de aquel lugar.

Pasaron algunos minutos, quizá horas y quedó por fin  dormido rodeado de murmullos y voces que no existían.

Aquella mañana se despertó sobresaltado enredado en un extraño sueño del que ahora despierto ya no se acordaba. Los primeros rayos de sol penetraban por la ventana entreabierta y calentaban las sábanas de la cama. Sin embargo, tenía mucho frío, un frío intenso que le recordó a los días helados de su infancia.

 

Más sueños en el blog de Pepe   desgranandomomentos.blogspot.com.esCuarto_oscuro


Este jueves un relato – La mujer sin sombrero

Aquella mujer miraba  por la ventana, como si quisiera atrapar en el viento los recuerdos que su triste memoria se empeñaba en olvidar. Susurraba algo parecido a un poema sobre alguien que  moría de amor, tenía los ojos cansados, de una belleza exótica y un sombrero oscurecía parte de su rostro. Tenía 52 años y aquella noche iba a morir para siempre, hundida en la soledad , abatida por las zarpas del olvido y secuestrada en una vida que no le pertenecía.

Por las callejuelas del viejo Madrid camina  una mujer sin sombrero, dos jóvenes   cautivados  por su atractivo y rebeldía la acompañan,  uno de los jóvenes sucumbe a sus encantos – era la primera y única vez que haría el amor con una mujer  –  confesó al cabo de los años: .. “en tus pechos altos hay dos peces que me llaman y en la yema de tus dedos rumor de rosa encerrada”.  Esta mujer asombrosa y misteriosa  es la musa erótica de los dos jóvenes artistas, hasta que una explosión rompe en pedazos la bella locura de sus vidas. La frontera de la guerra los separa, ellos huyen y mueren bajo el ruido de las balas, ella cae en el engaño del amor del que ya no puede huir, como una gaviota, y se olvida de reír, desde el otro lado de la muerte.

La mujer seguía mirando por la ventana  la llegada lenta del último invierno. Su pasado estaba escondido y a buen recaudo debajo de su larga falda. Antes de morir oía el rumor de viejas voces resonando por el arco roto de la medianoche.

 

Margarita Manso es representante de las Mujeres Sinsombrero, con su vida dio voz a otras mujeres a las que la guerra incivil rompió sin piedad.

Más relatos de las Sinsombrero en el blog de “Sintiendo la piel” Lucía

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