Este jueves un relato- El último viaje

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Era la primera vez que viajaba solo,  llenó el depósito del coche  y se dirigió por una de las carreteras secundarias hacia un rumbo desconocido.

Su vida había tocado fondo y  necesitaba  alejarse de aquella ciudad donde  nada le retenía ni nadie advertiría su ausencia.

Viajó durante días, deteniéndose solo para repostar y comer algo en cualquiera  de los bares del camino y cuando el cansancio amenazaba con cerrar sus ojos dormía un par de horas sin salir del coche.

La carretera se deslizaba bajo sus pies y los kilómetros morían unas tras otro devorando bosques, árboles  pueblos , montes  , cielos  , ríos , mares  y sueños.

Una mañana comenzó a llover y el paisaje se vistió de una melancolía que le recordó historias pasadas que nunca volverían, como el camino que dejaba atrás.

Otra mañana, después de muchos días de viaje, descubrió que la carretera desaparecía en el mapa que tenía ante sus ojos y aunque desconocía su destino, por primera vez  sintió miedo a perderse, pues no encontró un camino alternativo que le permitiera seguir el viaje.

Solo tenía delante un abismo y después el mar. Miró hacia atrás con la intención de retroceder, pero a lo lejos vio unas nubes negras que se acercaban amenazantes y un paisaje desolado que  le recordó  su vida pasada.

Sabía que no podía regresar, miró hacia delante  sonriendo, y aceleró, ya sin miedo, hacia el abismo.

Cuando dejó de tocar el suelo seguía sonriendo y una paz inmensa lo acompañó hacia el mar.

 

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El sueño extraviado

 

Me ha despertado un sueño que ahora no consigo recordar.

  Me visto despacio intentando reconstruir ese  sueño, en tanto que en la ventana comienza a dibujarse otra  mañana de invierno.

  Saboreo  el primer café del día,  intento de nuevo  acordarme de lo que he soñado, pero el humo que nace de la taza y desaparece por el techo de la cocina no me inspira el recuerdo de ningún sueño  extraviado.

  Una ducha caliente me ayudará  a poner en orden mis ideas, y entre ellas seguro que atraparé a ese sueño que se me resiste.

  Mientras el agua hirviendo quema mi cuerpo recuerdo la reunión que me espera en la oficina a primera hora, vamos a contratar a un auxiliar de autopsias, éste es ya el tercer intento,   los dos anteriores salieron despavoridos cuando se  enfrentaron cara a cara con la muerte.

 Otros  temas pendientes de la oficina y alguna gestión bancaria es lo único que recuerdo en   la ducha, pero ni rastro del sueño.

 En el autobús mi sueño olvidado es ya una obsesión, algunos rostros somnolientos creo que me miran demasiado, se me debe de notar en la cara que busco algo que no encuentro.

 La mañana en la oficina transcurre según lo previsto, el auxiliar de autopsias por fin acepta el puesto, y el resto de asuntos se resuelven según la cotidianidad burocrática establecida.

 Pero no dejo de pensar en el sueño que no recuerdo, sigue  merodeando   en mi cabeza escondido entre  mis otros pensamientos de aquella mañana.

   Al salir del trabajo  llueve y aunque no tengo paraguas decido caminar bajo la lluvia, sigo pensando en mi sueño  cuando me encuentro con Paula, una amiga que había conocido meses atrás en la biblioteca y que decía ser escritora.

  Me invita a su paraguas y aunque sólo veo sus ojos, lleva un enorme gorro de lana y una enorme bufanda blanca, advierto que sonríe.

  Y entonces sucede, lo veo todo claramente,  el sueño huidizo que llevo buscando todo el día es Paula y  ahora recuerdo con total nitidez que he estado con ella toda la noche.

  Ahora está delante de mí  y sólo veo sus ojos, pero no necesito nada más, ya  conozco todas las partes de su cuerpo.

   Nos despedimos bajo la lluvia, camino de casa ya no pienso en el sueño, ahora es Paula la que no se me va  de la cabeza.

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Retorno

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Parece que el mundo se ha parado
en este amanecer de diciembre,
estoy a cincuenta años de mi vida
por las viejas calles de la infancia,
la serpiente de piedra desliza
su abrazo de muerte
sobre el murmullo silencioso del agua,
-aún puedo verme en el fondo oscuro
de esta fuente centenaria-,
camino sobre el mismo suelo
de mis primeros pasos,
Herrerías, San Blas,
Ayuntamiento, San Antón,
Los Caños, San Juan,
todo igual pero distinto,
como mi vida,
ahora diferente.
Al recordar a ese niño,
el tiempo me trae un aroma lejano,
y toco con estas manos
todos los rincones de mi pasado.
Aún busco la verdad,
que nunca encontraré,
pero estoy renaciendo
y casi adivino el futuro.
Ahora camino sobre mi superficie,
he nacido del fondo,
y sigo caminando,
en este domingo de esperanza.