ME VA LA VIDA EN ELLO

escribir+pluma+pergaminoMe gusta tu sonrisa
cuando duermes
y hablas con la tortuga sin edad
y vuelas en el dragón blanco de la suerte.
Me gusta oírte crecer
desde lo más profundo de tus zapatos,
y tu aroma al amanecer
y las gotas de rocío en tu cara.
Me gustan tus manos que me calman,
y la paz de tu último abrazo,
y el invierno de tus calles.
Me gusta cuando soy un poco más fuerte
y no pierdo la calma
y aprendo a sonreír.

Ahora debo acabar una historia,
la vieja historia de mi vida,
me va la vida en ello.


Luna llena

Empiezo a despertarme,
es verano y hace frío,
a lo lejos unos montes
comienzan a brillar
lentamente,
la luna llena 
demora su ausencia
y me desnuda 
con su halo de tristeza,
¿Qué te voy a contar a ti
de ausencias,
soledades
y mares lejanos?
Al final el rey sol
pone al día en su sitioimage_thumb[4]


METAMORFOSIS INCOMPLETA

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  No recuerdo exactamente cuando comenzó la transformación. Al principio me convertía en otro ser de forma involuntaria, por lo que cuando regresaba a mi estado habitual quedaba sumido en  un profundo abatimiento, ya que no entendía lo que me sucedía. Cuando las mutaciones  se hicieron frecuentes decidí que la única forma de evitar mi  terrible sufrimiento era  conseguir que la parte consciente de mi cerebro consiguiera dominarlas y que la metamorfosis se produjera únicamente bajo el control de mi voluntad.

Aprendí  con empeño  a dominar lo espiritual sobre  lo material, a imponer el subconsciente  sobre la conciencia,  a emplear  la autosugestión   sobre lo puramente físico ,  a someter la parte racional del cerebro al lugar del mismo donde residen los instintos, en definitiva  a que mi voluntad fuese  la dueña de todos los movimientos tanto de mi cuerpo como de mi alma.

Después de algunos meses la mutación ya no era un secreto para mí. Sólo tenía que ordenar las múltiples conexiones de la corteza cerebral por donde circulan los pensamientos y ponerlos al servicio de mi voluntad. El espíritu y el cuerpo están íntimamente ligados, el primero ordena y el segundo obedece. Otra señal inequívoca de que la transformación se va a producir es que  mi inteligencia  disminuye progresivamente  y pierdo mis facultades racionales.

Entonces decidí  poner en práctica la venganza que tanto tiempo llevaba planeando. Justo  el día que descubrí que Elena me engañaba supe que tenía que matarla, pero previamente debía convertirme en otro ser, en un ser inhumano, así mi conciencia no sufriría remordimientos, y como persona física nadie sospecharía  ni podrían imponerme ninguna ley, al contrario  yo aparecería ante los demás como una pobre víctima más de su muerte.

Aquella noche había luna llena, y convencí a Elena para que la pasara conmigo en la pequeña casa de campo que había alquilado en las afueras de la ciudad y a la que  llamaba mi refugio.

La vi a lo lejos, bajando del  lujoso descapotable  que le había regalado en su último cumpleaños, su silueta plateada por la luna  avanzaba lentamente por la desierta carretera, cuando llegó a la altura de un farol  me fijé en su rostro y pude comprobar que  estaba desprovisto de su arrogancia habitual, el silencio era inquietante sólo roto por sus tacones que avanzaban hacia la casa.

Yo ya había comenzado el proceso mutante,  cuando ella llegó a la puerta  no vio a nadie,  llamó varias veces sin respuesta y cuando ya se iba a marchar me avalancé sobre ella desde la espesa y desordenada vegetación en la que me había escondido y que bordeaba el porche de la vivienda.

Un grito de terror rasgó el silencio de la noche, estaba encima de Elena, sujetándola con las afiladas garras de mis patas, hubiera bastado un simple zarpazo en su blando y suave cuello, o sólo un mordisco con mis punzantes colmillos y todo habría terminado.

Con el hocico olisqueé su  busto respirando jadeante  y en lugar de morderle pasé mi enorme lengua por su cuello,  entonces vi  el pánico de su cara, y comprendí que no podía matarla.

Mis ojos se inyectaron de sangre, en una mezcla de odio y compasión, mientras la veía huir aterrada por la carretera desierta.


El velatorio

                                                                                                      1

                                                                                                  I

   Acabo de llegar del hospital y espero paciente a que la mujer rechoncha del mostrador me asigne alguna de las nueve salas del tanatorio, al parecer el mes de diciembre es temporada alta  y hay overbooking, por lo que debo esperar a que otro cliente desaloje una de las  habitaciones  que luego me será adjudicada. El hecho de que el nivel de ocupación sea  alto me produce  cierto consuelo, como si ese dato estadístico hiciera que me sienta menos desamparado.

   Por el nerviosismo de los que me acompañan – allí esta ella con  mi hijo y uno de mis hermanos – advierto que ha transcurrido más de una hora  desde mi llegada y  sigo esperando  instalado momentáneamente junto a una fuente marmórea que decora la espaciosa entrada y de la que fluyen monótonos chorritos de agua que rompen el silencio del lugar; al contrario de  mi impaciente familia, no soy consciente del tiempo transcurrido,  pienso que quizá   en mi nuevo estado , el tiempo avance de modo diferente, con otros desconocidos parámetros de medida, a los que  tendré que  acostumbrarme,  tal vez ahora las horas sean minutos y los minutos sean segundos, de repente me estremece  la idea de que en mi nueva realidad – o irrealidad –  voy a disponer de  todo el tiempo del mundo.

                                                                                                     II

    Puede que me haya quedado  dormido , ya que cuando abro los ojos mi visión  queda reducida a un rectángulo de cristal  que me separa de un oscuro habitáculo desde el  que se agitan  algunas siluetas  que  me miran con pena y  curiosidad, apenas puedo reconocerlas,  echo de menos mis gafas que imagino depositadas en su cajita de piel, inertes, sobre la mesita de noche de mi casa,  esperando mi vuelta para volver a sentirse útiles. Empiezo a acostumbrarme a la débil iluminación de la habitación y me entretengo descifrando las caras  que parecen tristes al otro lado del cristal , en la parte izquierda de la sala,  apoyado en la pared adivino a mi hijo  ,a pesar de la miopía reparo que juega aburridod con mi Ipod, del que presumiblemente ya se ha adueñado, mira con insistencia su reloj y  me entristece su indiferencia ; en el centro de la sala está ella  gimoteando ,asida de la mano de su amigo Alberto que la consuela con excesivo entusiasmo y que no pierde  la oportunidad  de hundir con disimulo los dedos  por debajo de su cintura,  pensé si se irán a la cama esta misma noche o esperarán a que me entierren; me sorprende  la ecuanimidad con  la que presencio la escena , exenta de odio y de pasión, quizá es así como se ve la vida desde esta parte del cristal, es decir desde la muerte, desprovista ya de signos  de afecto y de sentimientos;  la negra corbata que me han puesto me oprime la garganta,  ella sabe que odio las corbatas , igual que  este ridículo traje que me comprime y cuyos botones van a saltar  por los aires  de un momento a otro. Por el fondo de la habitación distingo a  Carlos, mi jefe de la Delegación, que educadamente da pésames a diestro  y siniestro,   se acerca al cristal, me mira unos instantes, con la misma mirada  con la que me pide un informe en la oficina, y se escabulle por la pequeña puerta  al final de la sala. La tarde se completa con la visita de algunos amigos, compañeros de trabajo y algún que otro desconocido que cumple con la formalidad de aparentar un duelo   que no siente. Ante este panorama hipócrita y desolador  deduzco que los  único seres vivos que  lloran sinceramente mi ausencia , son mis perritos Luna y Lolo, que con certeza me estarán esperando apenados en algún rincón de mi casa. Me estremece la idea de que nunca más los veré.

      En un momento impreciso de la noche , cuando el mundo  detrás del cristal  se ha sumido en una transparente  oscuridad, me embarga una angustiosa inquietud, intento pensar en mis colegas de las otras salas, pero esta vez  no me alivia su presencia,  me pregunto absurdamente si los muertos están muertos para siempre y si hay más muertos que vivos o al revés  , recuerdo haber leído que los muertos forman un océano y los vivos no alcanzan ni el tamaño de una charca; en las siguientes horas o minutos o segundos , ya sabéis que ahora no controlo el transcurso del tiempo,  me atemoriza la incertidumbre del mundo al que irremisiblemente me dirijo

                                                                                                     III

    Llueve pausadamente y un viento incipiente agita los cipreses que bordean los  lados del camino por el que me llevan a mi entierro, detrás de mí avanza despacio un desordenado cortejo de paraguas  multicolores , las cruces plateadas y los suntuosos panteones de alrededor brillan empapados por la lluvia. No entiendo que hago en aquel lugar y por qué lo veo  todo desde el interior de esta caja de madera oscura que sin embargo parece transparente,  quiero estar muerto de verdad, como todos los muertos que cuando mueren dejan de vivir. Entre la gente veo  el rostro de ella  mimetizado en un fingido gesto de aflicción muy adecuado para la ocasión, sus ojos dejan entrever un rencor acumulado durante todos los días de una vida.          Sale el sol y cesa de llover,  dos hombres ataviados con un mono azul  me cogen  y emprenden la tarea de  introducirme en un  estrecho cuadrado que hay abierto en la pared, mis lamentos se extinguen en mi garganta, nadie me oye,  el marco de luz decrece lentamente a medida que los hombres del mono azul me introducen en la oscura cavidad,  alcanzo a  ver a lo lejos un ciprés ondeándose por el viento, ese viento procedente del sur que ya no sentiré nunca , la luz se muere  cada vez más, hasta que todo es oscuridad.