Ella

¿ Cómo podría definir a mi hija ?
quizá como la brisa que me hace respirar,
como esa luz tenue que inunda la tarde,
como la sonrisa de la mañana
cuando el día empieza el mal,
sufro tu tristeza como mía,
tu vida es mi corona de rosas y espinas,
siento tus manos en mis noches en vela
me alegran tus ojos verdes de cielo,
mereces una primavera eterna
enredada en tu pelo,
te regalaría un libro de cuentos,
una noche colmada de estrellas,
una canción del amor que espera,
pero – ya sabes –
nunca acierto en esto de los regalos,
así que te dejo tan sólo
sencillas  palabras,
palabras que surgen
al final de la noche

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Quedan


quedan
En el atardecer de la vida
quedan cosas en el camino,
queda la lluvia de cierto día,
quedan libros que nunca leeré,
queda el aire perfumado de una mañana,
quedan palabras que no pronuncié,
quedan sonrisas y tristezas,
quedan sueños que no fueron realidad,
queda la culpa que tuve
y la que no tuve,
va quedando casi todo,
hasta que todo queda en silencio

Pedro Pablo García

 



La puerta rosa

   Hace mucho tiempo que no sube al desván, cuando ella se marchó de casa lo cerró a cal y canto – nunca lo volveré a abrir- susurró aquel día con tristeza , pero esta mañana , fatigado tras subir las empinadas escaleras, está a punto de cruzar aquella puerta de un color rosa palidecido por el paso del tiempo – vaya, las puertas también envejecen pensó – ; justo antes de introducir la llave en la cerradura , un fogonazo de su débil memoria le devuelve el recuerdo de un rostro asombrado y feliz – has pintado la puerta de color rosa, mi color favorito –

  Ya está dentro del cuarto, descorre una enorme cortina polvorienta que deja entrar en la buhardilla la claridad del día, casi tropieza con una bicicleta a la que le falta una rueda, huele a papel viejo, a madera podrida, a humedad, unos espejos rotos en el suelo le devuelven la imagen fragmentada de un viejo abatido por el tiempo , un gran peluche rosa lo mira desde una silla de mimbre, una estantería repleta de libros infantiles a los que el polvo ha borrado el título, cajas repletas de juguetes rotos , vestigios de un pasado infantil que alguna vez habitó aquel lugar, otras cajas con trastos inútiles, inservibles, al fondo , en un rincón, dos mecedoras rodean una mesita, los recuerdos vuelven a fluir pausados, intermitentes , propios de una memoria desgastada por los años, el desván se llena entonces de sonrisas y gritos de una niña feliz que juega con su padre en las largas tardes de verano , el viejo rememora las noches plateadas por la luna contando las estrellas que se colaban por la ventana como puntitos trémulos, y las interminables horas de lectura de cuentos de mundos imaginarios poblados de seres mágicos y de brujas que se enamoran de príncipes , hasta que por fin ella se dormía plácidamente acurrucada entre sus muñecas de plástico.

  Un ruido nervioso le rescata del pasado, de una de las cajas surgen cuatro ratoncillos que huyen despavoridos esfumándose por la penumbra polvorienta del cuarto. Ahora entiende los golpes que ha escuchado durante la noche y por los que sube a la buhardilla después de tantos años.

  -Sólo son unos simples ratones – emprende el camino de regreso con la certeza de que no volverá , antes de salir ve un baúl a un lado de la puerta, no recuerda que estuviese en aquel lugar, es oscuro con la cerradura forzada. De su interior, entre un montón de ropa inservible y fotos en blanco y negro, extrae una vieja libreta con la portada amarillenta, cuando la abre una nube de polvo escapa de su interior , en la última hoja el nombre de su hija y una anotación: “para mi padre si alguna vez vuelve a subir al desván” .Se acerca a la ventana buscando la luz del día y se dispone a leer.

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Pedro Pablo García